Hace cinco años que la conozco y afirmo que fue mi guía en el comportamiento que he continuado hasta hoy.
Kimmy, alegre e inquieta, decidió abandonar el país porque es muy inteligente, desea desarrollar su sensibilidad artística y qué mejor que en el lugar de los grandes compositores del mundo.
Viena fue cuna de notables compositores de la música clásica durante el siglo XVIII.
Los amantes de la música se deleitaban con valses y fue a partir de 1770, cuando se desarrolló un estilo musical muy particular, aunque no sé en qué consiste porque tengo un oído poco sensible, al que se denominó “clasicismo vienés” y cuyos mayores representantes son Joseph Haydn, Ludwig van Beethoven y Wolfgang Amadeus Mozart.
En verdad, me parece admirable que mi buena Kimmy se esté esmerando por aprender no sólo a interpretar a los grandes de la música clásica, sino que esté aprendiendo otros idiomas.
Bueno, pues por mi capricho, informé a todos los que habitan en el reino de San Juan de Aragón que iría a visitar a mi amiga porque, entre otras cosas, estoy cansada de la bajísima calidad musical que se escucha en los alrededores del palacio y además, los alaridos emitidos por los vecinos cada vez que tienen algún festejo.
Guardé en mi maleta unas maracas, castañuelas y un silbato “Esto me va a servir para acompañar a mi amiga”, pensé con entusiasmo creciente.
Ya en el aeropuerto, mostré mi boleto y me acomodé en el asiento del avión, hicimos una escala antes de llegar a mi destino. No avisé a la familia real de Kimmy, por eso abordé un taxi y al llegar a la mansión vienesa, saqué un espejito para arreglar mi carita, hice gestos y determiné el más adecuado para la ocasión.
Toqué el timbre, escuché el ladrido kimmyano y cuando estuvimos frente a frente, nos dimos un gran abrazo.
Corrimos, saltamos, mordimos objetos, olimos plantas, aullamos y cantamos y, al final, dejamos de lado la música clásica. Eso está muy bien porque ya tendré un nuevo pretexto para mi siguiente visita, ¡GUAU!

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